Voy a narrarles esta historia que data de los primeros años de nuestro querido siglo XX, trata de un fragmento de la vida de dos ancianos esposos de raza negra, él tenía sesenta y cinco años de edad, respondía al nombre de Francisco y la edad de la esposa era de sesenta años y se llamaba Francisca, eran propietarios de una pequeña tierra de cultivo, al menos en la época a la que se refiere esta historia, vivían en la extrema pobreza, tanto así, que solamente habían sembrado y cosechado frejoles, dicho terreno, que era la única propiedad que tenían, estaba situado en el camino que va, de la ciudad de “Chulucanas” a la localidad de “Yapatera”, que había sido una antigua hacienda y que actualmente era una especie de villorrio, se caracterizaba por que casi todos sus habitantes eran de raza negra, descendientes de antiguos esclavos negros traídos de África, para ser empleados en faenas agrícolas, debo agregar que la zona donde se desarrolla esta historia , se encuentra ubicada en una parte, en la que comienza la serranía de la calurosa y norteña ciudad de Piura, otros datos que podemos agregar, es que los ancianos vivían completamente solos, ambos tenían problemas de pronunciación, que les hacía deformar ciertas palabras, especialmente las que tenían “R”, para no complicar más las cosas, solamente vamos aplicar este barbarismo, solo en tres palabras, “Fashico”, así pronunciaba ella por decirle Francisco, “Fashica”, la forma que sonaba cuando él la llamaba y “Flijoles”, cuando se referían a los frejoles, para darle forma a nuestra historia, diremos que don “Fashico” estaba “harto” de la dieta de “flijoles” y aunque doña “Fashica” no tenía la culpa, era una costumbre rutinaria, la letanía de quejas que don “Fashico” lanzaba a la hora de tomar sus sagrados alimentos, ¡Ya estoy harto!, “flijoles” en el desayuno, almuerzo y cena, tenía razón al hacer estos reclamos, pues debe ser una tortura comer todos los días frejoles sancochados en agua con sal, solo cuando había suerte, estos venían acompañados de algo más sabroso, lo cierto es que aquella mañana de sol, don “Fashico”, tal vez inspirado en sueños de rebeldía, o porque ya estaba “harto”, o hasta el “tuétano”, como decían en esas cálidas tierras, había amanecido más irritable que de costumbre, razón por la que cuando se acercó a doña “Fashica”, que se caracterizaba por su nobleza y conformismo a todas las circunstancias, quien en esos momentos, cocinaba, los famosos “flijolitos” en una olla de barro, la misma que hervía en una rustica cocina de “chamisas” casi al ras del suelo, don “Fashico”, sin poder contener el coraje que lo embargaba, vociferó en forma fuerte diciendo: ¡Fashica!, se acabó la tortura, hoy comeremos carne, en forma simultanea e instantánea, lanzó un puntapié sobre la olla, que hizo que esta se volteara sobre el suelo derramando su contenido, mientras que “Fashica, miraba estas escenas con un hálito de tristeza, sin esperar más, el iracundo don “Fashico” se dirigió a su habitación, donde desempolvó una vieja escopeta, la misma que en forma rápida limpió, aceitó y preparó la munición como en sus mejores tiempos de cazador, cuando creyó conveniente que estaba preparado para la cacería, se encaminó hacia el bosque, no sin antes despedirse sarcásticamente de su mujer diciéndole, adiós “Fashica”, alégrate, que hoy día comeremos carne abundante, fresca y tierna, es así como nuestro personaje se adentra bosque adentro, después de caminar un buen trecho de terreno tupido por la vegetación tomando siempre las precauciones de un buen cazador, tal vez bastante lento por la distancia de tiempo que había dejado de hacerlo, no tardo en divisar un lindo ejemplar de venado, que despreocupado bebía de un “ojo de agua”, tendremos que imaginarnos la emoción que debe de haberse incubado en el ánimo de don “Fashico”, su maltratado pero aún fuerte corazón, queriéndosele salir del pecho, tal vez mil recuerdos vinieron a su mente, especialmente aquellos en los que mozo aún, salía de cacería con su señor padre, que perteneció a una generación de tiradores selectos, preferidos de su señor dueño de la hacienda, tanta era la fama de tirador de su padre, que lo conocían como “tiro fijo”, o “donde pone el ojo, pone la bala”, él no había heredado esta habilidad, pero al menos en sus mejores tiempos había respondido en forma regular, sacudiendo la cabeza, como queriendo deshacerse de sus recuerdos, sintiéndose más lúcido, se colocó la escopeta al ristre, apuntó cuidadosamente y ¡Pum!, ¡oh! sorpresa, ni el mismo creía estar viendo lo que veía, perplejidad, asombro, el animal yacía caído en el suelo, por si acaso se pellizcó el brazo, no vaya hacer que el “espejismo” le esté haciendo una mala pasada, pero no, todo era real, era la primera vez en su vida, que cobrar una pieza de cacería le había resultado tan rápido y fácil, se sintió tan buen tirador como su padre, imaginó la cara de contenta que pondría su amada “Fashica” cuando vea la codiciada presa que había conseguido su “Dulcineo Romeo”, nuevamente sacudió la cabeza, había que deshacerse de los pensamientos, el mismo se dijo para sí, no debo pensar en “pavadas”, ni corto ni perezoso llegó hasta donde estaba el cadáver del animal, al mismo que observó por varios minutos, tal como tratando de reconvencerse que él era bueno en las artes de la cacería, lentamente sacó una soguilla de su “morral”, con la cual amarró las cuatro extremidades de su “trofeo”, tratando de no perder más tiempo del que ya había perdido con sus continuos pensamientos fantasiosos, haciendo esfuerzos tal vez “mitológicos” para él, logró echarse a la espalda su preciado “tesoro”, emprendió el camino de regreso, nuevamente demos rienda suelta a nuestra imaginación, pero esta vez agregándole cálculos matemáticos e imaginemos como habrá llegado don “Fashico” de regreso a su casa, con tremendo, semejante y enorme peso, eso se los dejo como tarea para que se “rompan el coco”, lo interesante y también para no hacerla tan “trágica”, es que don “Fashico” llegó a su casa, aquí si es necesario revivir estos momentos, en los cuales cansadísimo, extenuado, jadeante, los limeños dirían “trapo”, sintiendo que sus temblorosas piernas ya no darían para más, descargó su preciada carga cerca de su humilde cocina, donde permanecía aun los “odiados” frejoles regados por el suelo, sintió los pasos de su adorada y fiel “Fashica” que se le acercaba con recipiente de agua para calmarle la sed, nuevamente se sintió el héroe que regresaba después de vencer en la batalla y que es esperado por su reina para premiarlo, o sencillamente se veía vestido de “centurión” romano después de una exitosa gira de conquista, aclamado por la multitud y listo para ser coronado por el emperador con la codiciada corona de olivo, por enésima vez sacudió la cabeza, no podía con su genio, su asombrosa imaginación le ganaba siempre “la partida”, lo primero que hizo después de reponerse del cansancio, fue pedir su único cuchillo que tenía, su querido “mata chancho”, llamado así, por su especial forma puntiaguda para sacrificar a los referidos animales, cuando le llegó este, optó primeramente por cortarle la soguilla que sujetaba las patas y esto lo hizo por el nerviosismo y la emoción que lo embargaba, porque en lugar de cortar la soguilla, debió desatarla, no bien terminó de hacerlo y sucedió algo que no había estado en sus planes, el animal que estaba muerto, cobró vida casi instantáneamente y emprendió “las de Villadiego” o “patitas para que te quiero” como dicen mis paisanos, ante esta inesperada fuga, don “Fashico” se quedó asombrado, absorto, no podía entender que había pasado, se hizo la señal de la cruz pensando que era obra de don “Sata”, se hizo de mil ideas, desde las más sofisticadas hasta las más descabelladas, que había pasado, sencillamente que a la hora que le hizo el disparo para cazarlo, este no lo había herido en forma mortal como don “Fashico” había pensado, sino que le había rozado por la oreja del animal, acción que le había hecho perder el conocimiento, don “Fashico” por la emoción de comer carne fresca no reparó en este detalle, motivo por el cual, apenas el venado se sintió libre, se dio a la fuga, muy tarde “computó” don “Fashico” este grave error, que le costó deleitarse de la carne que tanto anhelaba, quien sobreponiéndose a la sorpresa dijo a manera de consuelo, mientras a lo lejos el veloz animal se perdía de vista, “ándate canilla seca, carne tufosa, ni te quería tampoco”, todavía se quedó un rato más mirando por donde se había ido el animal, tal vez con la esperanza que una fuerza misteriosa lo haga regresar, todo fue en vano, viendo perdida la esperanza de comer carne, además de no contar con otros recursos que le permitieran proveerse de comida, además de lo avanzado de la hora, motivo por el cual el ayuno era eminente, dirigiendo primero la mirada a los modestos “flijolitos” derramados en el suelo y luego a su fiel mujer, derrotado, sumiso, humilde, “tristón”, le dijo: “Fashica” recoge los “flijolitos” para comerlos.


Escrito por: Beto del parral 

Nota: Este cuento me lo contó mi abuelo Miguel Santos Parra Cevallos, cuando yo era un niño de diez años, en vista de su originalidad, lo escribo sin alterar su contenido, pero integrándole mi estilo, sirva pues como una manera de recordar y elogiar a mi abuelo y también para transmitirlo a las nuevas generaciones.
El autor.




Axact

Somos pobres, pero honrados.

La gentita de El Diario de Jhon Ney trabaja más de 25 horas diarias para llevarles los más divertidos contenidos y noticias del Perú y el Mundo. Instamos recomendar la página porque pronto regalaremos tapers como cancha.

Publicar un comentario: