Como seguro sabrás, los romanos eran un pueblo con poco muy aprecio por la vida humana. Estaba muy insensibilizados ante la violencia y no tenían reparo en ver morir salvajemente a una persona

De hecho, la muerte se convirtió en un gran negocio en Roma gracias a los juegos y los espectáculos de gladiadores celebrados en foros, coliseos y anfiteatros 

La mayoría de los gladiadores eran criminales condenados, esclavos o prisioneros de guerra, aunque los ciudadanos romanos también podían perder sus derechos y ser condenados a morir en la arena


En los juegos no solo se podía luchar contra otros hombres, sino también contra animales salvajes. Los gladiadores expertos en la lucha con animales eran los llamados bestiarii

Uno de los más famosos de la historia fue Carpoforo, quien, además de matar, entrenó a estas bestias para violar mujeres frente a los espectadores.

Tigres, toros, caballos, jirafas, jabalíes y muchos más fueron entrenados para violar a las esclavas y condenadas en la arena con el objetivo de representar algunos mitos sobre Zeus.


Según la mitología, a Zeus le gustaba tomar la forma de animales para engendrar a sus hijos y semidioses, tal y como ocurría en la historia de Orfeo, Hercules o en el rapto de Europa

Para lograrlo, Carpoforo esperaba a que las hembras salvajes estuvieran en celo para recoger sus orines y fluidos glandulares, que luego usaría para perfumar a las esclavas

Las pobres mujeres podían ir camufladas con pieles o vestidas elegantemente, según el tipo de espectáculo, mito a representar y la pericia del animal entrenado.

Lo más habitual es que, tras ser violada por un toro o cualquier otro animal salvaje, la mujer muriera. Si no, se liberaban otras bestias para que acabarán con su sufrimiento

Casi todas las mujeres eran condenadas contra su voluntad, aunque Apuleyo describe un caso consentido en uno de sus libros.


Una mujer, que había envenenado a 5 hombres, fue condenada a yacer con un burro ante todos como escarnio público. La mujer entró en un colchón de plumas y copuló con convicción, sin embargo, los presentes no quedaron conformes con tal ánimo y por ello soltaron otras bestias para que la rompieran en pedazos.

Al final va a ser cierto eso que decía Obelix: ¡Están locos estos romanos!


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