Tras el episodio acontecido en la mañana del miércoles en RPP (19 de abril del corriente) en la cual la comunicadora Patricia del Río nos increpó (intento frustrado de ‘strip-tease’ mediante) sin permitirnos brindar argumento alguno para responderle, ayer nos encontramos que no contenta con la violencia explicitada por radio y televisión, escribió en el diario El Comercio una nota referida a nosotros, en la que además llama a practicar la censura sistemática contra todo aquel que no piense como ella.


Claro que todo esto pretende ser justificado en virtud de un cúmulo de imputaciones tan infundadas como previsibles que nos dedica, tales como “homofobia” y “misoginia”, mezcladas con una curiosa interpretación xenofóbica sobre la nacionalidad argentina según la cual, nosotros como argentinos, nada tendríamos que hacer en el Perú hablando sobre ideología de género, a pesar de haber escrito un ‘best seller’ internacional (que la agresora no leyó) sobre la materia.


Vale decir, la sedicente “comunicadora de la diversidad” es quien se arroga el monopolio y la potestad de decidir qué opinión debe permitirse y cuál debe prohibirse, a pesar de que en su mencionado escrito afirme que “el tema merece un debate amplio e informado”.

En la década del 60, uno de los más importantes teóricos de la marxista Escuela de Frankfurt y padre de la revolución cultural que hoy impulsa la ideología de género, Herbert Marcuse, escribía en “La tolerancia represiva” que la libertad de expresión solo debía valer para la izquierda, al tiempo que debía ser completamente vedada para cualquiera que tuviera posiciones distintas.

Es inevitable no recordar este intolerante ensayo del citado autor alemán cuando reparamos en el penoso papel protagonizado por Del Río, quien no ahorró siquiera el contacto físico para denigrar a sus invitados sobándoles el hombro. Y si bien es muy probable que la censuradora no conozca ni de a oídas a Marcuse, indirectamente cumplimenta a pie juntillas sus deseos que hoy, por desgracia, son moneda corriente en una sociedad que, al tiempo que se llena la boca vociferando “tolerancia” y “diversidad”, silencia y reprime toda voz que cuestione o disienta con la ideología de género.


Lo curioso del caso vivido es que tras el incidente que ella protagonizó en su programa a expensas nuestra, al terminar el bloque en el que nos tocó atestiguar su histriónico desempeño, fue la propia ofensora quien se nos acercó a pedir disculpas, y en señal de concordia acabamos tomándonos una foto todos juntos para dar por finalizado el mal rato que ella generó.

Si bien no fue la voluntad de ella darle popularidad a la obra que venimos a presentar al Perú (“El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural”), mucho le agradecemos su bulliciosa intervención, puesto que la misma masificó el interés del lector peruano en la obra que ella paradojalmente pretendió acallar.


Agustín Laje


Nicolás Márquez

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